Posts Tagged ‘El Jardín de los Exiliados’

El jardín de los exiliados

Revisando GB y GB de fotos perdidas en el recuerdo para preparar (o cocinar) un fotoreportaje (o monstruito), me he llevado una sorpresa que no atino a adjetivar. Quizás porque me he pasado unos 10 min. aprox. observando cada detalle, cada píxel y milímetro de la foto que me ha servido para trasladarme y recordar el preciso instante en que la tomé. Y eso me ha producido un impulso motivador para escribir este relato, sin tener (físicamente) ni un carajo de ganas después de haber estado 8h. delante de un ordeñador de palabras hiladas para vender cosas que se compran con dinero.

Berlín, 25 de septiembre de 2008. Pasillo central del Museo de los Judíos.

Eran las 13h de un jueves. Nos quedaban apenas cuatro días para que se acabara esa quincena en Berlín. Dos semanas, o quince días, recorriendo sus calles, sus barrios y sus lugares. Lugares que dictaba la guía que compramos, los lugares que buscamos y aquellos que encontramos. O, mejor dicho, encontré. Él dijo: “estoy cansado y quiero ir a esa fiesta esta noche. Vámonos ya”. Yo dije: “Quiero ver más. Aún no hemos visto el Jardín de los Exiliados ni la Torre del Holocausto. Me gustaría verlo y sacar algunas fotos”. Él replicó: “¡Me piro pa’ fuera!”. Yo respondí: “Pero sino lo vemos ahora no lo veremos nunca…”

Antes de terminar ese “nunca”, él, aprovechando mi facilidad gestual mientras pronunciaba ese “sino lo vemos”, ya no estaba. Se había ido.

Seguí trás él, pero, para mi suerte, me topé con dos posibles vías. Continuar el pasillo girando a la derecha o, por el contrario, ir a la izquierda.
 Llegué al punto de decisión definitivo. Miré, no sé porqué extraña razón, a la derecha y lo ví. Andando. Con su pantalón vaquero anchos, sus andares de “ni Cristiano Ronaldo dentro de 4 años será más gallito que yo” y los auriculares del aparatito “explicatodo” que sólo usaba él, puestos. Lo miré y, con un resoplo de resignación pura, giré mi cabecita loca a la izquierda y, ahí estaba.

Me asombré tanto, que sin pensármelo dos veces fui directa y despacio. Ese ala del pasillo, minúsculo, conducía a una pared de cristal. Una pared de cristal que tenía unas pegatinas con las palabras “Garten des Exils” y algunas otras, supongo, para evitar golpes innecesariamente dolorosos. Y, a través del cristal, se veían algunas de las 49 pilastras prasmáticas de hormigón armado. Enorme. Altivas. Y con ellas, ella.

Entonces me paré, cogí mi cámara y tomé estas dos fotos.

En ese recuerdo impreso digitalmente, se ve una anciana que parece reflexionar. Con sus ojitos cerrados y su cabeza apoyada en su frágil mano, recuerda, sufre, padece, perdona, siente o cavila sobre el lugar en el que está. Un lugar cuyo nombre lo indica la pegatina que se encuentra al otro lado del cristal. El Jardín de los Exiliados. En la siguiente foto, la anciana aparece con la boca abierta. ¿Qué hace? ¿Bosteza o Grita?

Tras tomar la segunda foto y sobrecogerme por la duda y aprehensión, solté mi cámara y me acerqué para tocar el cristal separador. Era enorme, gordo, frío, distante y jodidamente calculador. Intenté afinar el oído para escuchar el bostezo o el grito y no logré escuchar nada.
Dos segundos más tarde, la anciana cerró la boca, miró al frente y una lágrima descendió por su curtida mejilla mientras, autoayudada por sus manos, decidió levantarse para continuar su camino. Y la duda se disipó. Esa anciana gritó, lloró, miró y se levantó.

Había que seguir adelante.

No pude tomar esa última foto. No tenía mi cámara en la mano. Recuerdo sentir ese coraje interno de, tras sobrecogerme, decirme a mí misma “imbécil, tenías que haber sacado esta foto”.  Quizás, ese momento pasó para ser contado y comprendido 4 años más tarde.

Anuncios