Marioneta de finales del XX y principios del XXI

Llevo mucho tiempo evitando hacer justo ésto: escribir.

Mucho tiempo luchando a contracorriente por un sueño que he perseguido y el cuál, a día de hoy, se me tambalea en los pilares de mis neuronas. Esa duda parte de la premisa de “¿seré capaz?,¿tengo capacidades?”. Y, joder, es normal cuestionarse eso cuando hace 3 años que acabé la carrera, dos del primer máster y, casi uno del último, sigo sin trabajo, tengo 25 años, he hecho unas 9 entrevistas en el último mes y el jueves espero otra de dos horas con test psicotécnico incluído y en la que me dirán lo que más me gusta -tono irónico- oí; “gracias, ya te llamaremos”.

No sé para que carajo he invertido tanto tiempo en formarme ni, mi padre, tanto dinero.

Te pasas la vida escuchando como la gente que te rodea, la gente que te quiere, cuida y proteje, te dice “sigue así, estudia no seas tonta, sé honesta en la vida, no decaigas y continúa luchando, si es eso lo que quieres”. Desde que naces, escuchas consejos, advertencias para hacer una cosa así y dejarla de hacer “asao”; te enseñan a comportarte, a vestirte, a hablar, a ir a la moda, a no decir palabrotas, a no hacerte pis encima -ya que se supone que tú, no sabes hacerlo-; pasas mucho tiempo entre colegios de pago llenos de monjas a la antigua usanza que reparten ostias como panes a base de golpes de reglas de madera en manos de almas inocentes; inviertes tiempo y 7 veranos en el extranjero aprendiendo un idioma que en el colegio nunca han sabido enseñar y, motivo de ellos, es la verguenza de políticos que tenemos en este pedacito de tierra llamado país. Continúas pasando tiempo eligiendo a tus amigos -estos sí me convienen, estos no porque no me aportan nada-, o a tú pareja cuál escáner humano que detecta el hijoputismo interno de aquell@s que te atraen lo suficientemente como para cuestionarte una posible relación que vaya un poquito más allá de lo carnal; tiempo eligiendo entre un iphone o una blackberry, porque están de moda y serán los cacharros que dominen el mundo, tal y como se avecinaba en Matrix; tiempo en tiendas de la marca “x” y de la marca “y” -copia de la marca “x” pero con un precio asequible para pelados de bolsillos como yo…y más tiempo.

Siguen pasando los años, y sigues media vida, comportándote bien, siendo correcto, como tu madre, abuela y tieta te dicen que seas. El perfecto ejemplo a seguir.pero dentro de ti, ese demonio rebelde que te acompaña junto a ese angelito creado por las mentiras de los mayores cuando eras, se hace grande mientras el angelito se vuelve del tamaño de una ficha de parchís.

Y un día, te levantas y ves que ese bonito cuento color rosa que te contaron en tu más tierna infancia, comienza a fallar. Pasan los años y por suerte, o desgracia, vives, ves, sientes, escuchas y padeces cosas que creíste que sólo pasaban en los guiones de las películas que gana oscars. Y te toca a ti, que casualmente no eres la Natalie Portman de paso, ni tienes las tetas de Penélope cruz, ni el enchufe del hijo de Botín para empezar a trabajar. eso sí, llevas currándotelo toda tu vida.

Y empiezas a dudar…pero todo el mundo te dice que sigas, que no decaigas y que…en fin, bla bla bla. Así que, la incrédula que llevas dentro -por no decir, la miedosa e insegura personita interna que reniegas en sacar a la luz- te empuja a seguir y pegarte ochocientos batacazos más.

Y un día, mandas todo a la mismísima mierda y te preguntas: ¿qué de cierto tienen todos esos cuentos de civismo que me hicieron memorizar a golpe de castigos y reglas estrictas en mi infancia?, ¿ para qué tanto esfuerzo e infelicidad en la infancia?, ¿para qué tantos colegios, estudios, libros?, ¿para qué tantas libretas escritas con boli bic o lápiz con “nunca más volveré a decir una palabrota”?, ¿ para qué tantos “no seas tan sincera” o “resérvate un poquito”…Durante ese mucho tiempo he luchado contra viento y marea para no hacerme esas pregunta pero, sin quererlo, en ese mismo mucho tiempo encontré la respuesta: no sirve para nada.

Cuando era pequeña mi madre solía decirle a la gente que yo haría y sería lo que me diera la gana, porque era rebelde sin causa y ferviente seguidora de mis instintos más humanos.

Mi padre, por el contrario decía, que yo era como el viento, libre, tranquilo cuando soplaba cuál brisa y huracanado cuando aguantaba tempestades.

Hoy, 1 de marzo, no sé quien de los dos llevaba razón. Creo que ninguno ya que deben andar algo no-orgulloso de mí porque los planes de vida que tenían tejidos para mí desde que nací, no han funcionado ni siquiera un poquito.

Firmado: el viento.

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